La riqueza de mi abuelita Pilar

Hay personas que nacen con muy poco y, aun así, pasan la vida regalando mucho.
Mi abuelita fue una de ellas. Se llamó Pilar Deleón.
Nació en la generación de 1926 en El Salvador, una época en la que la pobreza no era una excepción, sino el paisaje cotidiano. Creció en Santiago Texacuango, entre carencias, con muy pocas oportunidades y sin aprender a leer ni a escribir. Desde los siete años fue abandonada a su suerte en el centro de San Salvador, porque su familia no podía mantenerla a ella y otra hermana en casa. Supongo que así se hacía en ese tiempo, me toca suponer porque ella no podía hablar del tema sin llorar.
La vida no le dio comodidad, pero le enseñó una fortaleza silenciosa. Nunca tuvo grandes bienes. Su riqueza era otra.
Era el plato de comida que siempre aparecía cuando uno llegaba a su casa. Eran los cuentos que parecían infinitos, a pesar de no poder leer. Era el cariño que hacía sentir importante a cualquiera de sus nietos, mis hermanos Claudia y Nelsón. Y, cuando podía, hasta sacaba unas monedas de donde parecía imposible para dárnoslas con una sonrisa.
Hoy, de adulto, entiendo que ese dinero no era poco porque valiera poco. Era enorme porque representaba una parte de todo lo que ella tenía.
La recuerdo sencilla. Sin pretensiones. Sin necesidad de impresionar a nadie. Su vida fue dura, pero nunca permitió que la dureza se convirtiera en amargura. Conservó un corazón generoso hasta el final.
A veces pienso que las personas como ella construyeron este país sin aparecer en los libros de historia. Mujeres que levantaron familias enteras con trabajo, paciencia y un amor que nunca pidió reconocimiento.
Cuando veo esta fotografía no recuerdo la pobreza. Recuerdo la abundancia.
La abundancia de una mesa donde siempre había un espacio para mí.
La abundancia de una infancia llena de cuentos.
La abundancia de un abrazo que hacía sentir que todo iba a estar bien.
Y entiendo que hay personas cuya herencia no se mide en propiedades ni en cuentas bancarias.
Se mide en el tipo de ser humano que ayudaron a formar.
Gracias, abuelita. Porque, sin saber leer un libro, me enseñaste algunas de las lecciones más importantes de la vida.