Roberto Deleón

Oficio y pensamiento. Pan, bosque, café e ideas que fermentan lento.

Hay canciones que cuentan historias oscuras y hay canciones que nos obligan a mirarnos en el espejo. Para mí, Klavier de Rammstein pertenece a la segunda categoría.

La canción narra la historia de un hombre obsesionado con una mujer pianista. La ama, o al menos cree amarla. Pero su amor está tan contaminado por los celos, la inseguridad y el miedo a perderla que termina convirtiéndola en una posesión. Ya no es una persona; es algo que debe permanecer a su lado, algo que no puede escapar.

Lo inquietante de Klavier es que, llevada al extremo, la historia parece monstruosa. Sin embargo, cuando uno se detiene a pensar, descubre que esa lógica no es tan ajena como nos gustaría creer.

Recuerdo que durante mi adolescencia viví mucho desde esa inseguridad. Me aterraba la idea de que una persona que consideraba tan valiosa pudiera irse con alguien más. Había una especie de pensamiento oculto detrás de ese miedo: “Después de todo lo que me costó conquistarla, ¿qué pasará si se va?”. No era una idea consciente ni malintencionada, pero estaba ahí. Y con los años entendí que ese razonamiento tiene un problema fundamental: convierte a la otra persona en una recompensa, en algo que se obtiene, en lugar de reconocerla como un ser humano libre.

Quizás por eso hoy me resulta tan incómoda la idea de “conquistar” a alguien. El amor no debería parecer una campaña militar ni una competencia. Cuando una relación funciona, surge porque ambas personas quieren caminar en la misma dirección. No porque una logró convencer a la otra de quedarse.

Leyendo a Erich Fromm encontré una manera mucho más sana de entender el amor. En El arte de amar, Fromm sostiene que amar no consiste en poseer ni en recibir, sino en preocuparse activamente por el crecimiento de la otra persona. Es una idea sencilla, pero profundamente transformadora.

Si realmente amo a alguien, debería alegrarme de que crezca, de que explore sus talentos, de que descubra nuevas versiones de sí misma. Incluso si ese crecimiento la lleva por caminos que no había imaginado. El amor auténtico no encierra; acompaña.

Por eso Klavier me parece una canción tan poderosa. No habla solamente de una obsesión extrema. Habla de una tentación muy humana: querer asegurar para siempre aquello que amamos. El problema es que, cuando intentamos convertir a una persona en una posesión, dejamos de verla como persona.

Y ahí aparece la tragedia.

El protagonista de la canción cree que puede conservar el amor reteniendo a quien ama. Pero termina destruyendo precisamente aquello que quería preservar. Es una lección dura, tanto en la ficción como en la vida real: el amor no puede existir donde desaparece la libertad.

Quizás madurar consiste, entre otras cosas, en comprender eso. Entender que nadie nos pertenece. Que las personas están con nosotros porque quieren estar, no porque deban estar. Y que el amor más profundo no es el que retiene, sino el que permite crecer.

Esa es la diferencia entre poseer y amar. Y también la razón por la que Klavier sigue siendo una canción tan perturbadora muchos años después de haber sido escrita.

Vivo solo desde 2014. Doce años de silencio cotidiano cambian la forma en que uno se relaciona con los demás.

Aprendí a estar en silencio. A tenerme como compañero. A habitar el tiempo de la manera que más me gusta.

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De las luciérnagas se habla poco.

Hoy las recordé.

Cuando era niño me sorprendía verlas por la noche, en un pequeño bosque húmedo cerca de mi casa: Bosques de Prusia.

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El punto de partida fue un breve video de un concierto.

La banda —inconfundible— era Rammstein, y la canción en cuestión: “Tattoo”, parte de su álbum homónimo de 2019.

En el clip sonaba una línea que parecía casi romántica, casi ingenua. Pero como siempre con Rammstein, ese “casi” es la trampa.

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📝 Introducción: dónde nace el concepto

En 1949, George Orwell publicó 1984, una novela que no solo retrata una distopía política, sino que crea un universo narrativo con su propio idioma: la NuevaLengua. La idea de tener un lenguaje controlado se basa en ajustar, eliminar y agregar palabras para que el Partido en el poder mantenga su narrativa.

Como dijo Ludwig Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus:

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.”

Si el lenguaje define lo que podemos pensar, controlarlo es controlar la realidad.

En esta línea, el Partido creó un vocabulario entero para describir mecanismos de control mental. Entre estos términos, uno brilla —o más bien, inquieta— con luz propia: Doblepiensa (Doublethink).

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🪞 El mito

Narciso era un joven de belleza deslumbrante. Tan bello que todos se enamoraban de él, pero él no correspondía a nadie: su corazón era impermeable al amor. Un día, al asomarse a un estanque, vio su reflejo y quedó fascinado. Se enamoró de sí mismo. Incapaz de apartarse del espejo de agua, se fue consumiendo poco a poco, hasta morir. En algunas versiones, en su lugar nació una flor: el narciso.

Hay detalles sobre sus padres, dioses, sobre Némesis, la diosa que lo castigó por rechazar a la ninfa Eco, en Mythos y Heroes de Stephen Fry, para una lectura más detallada del mito.

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Reflexiones desde la charla sobre felicidad y hygge con Romina Deltin y Marc Skjodt Pedersen 📅 Domingo 13 de julio

Ayer viví una experiencia muy buena: una charla serena, auténtica y profundamente humana sobre la felicidad y el hygge en Dinamarca, facilitada por Romina Deltin y Marc Skjodt Pedersen. Ambos se tomaron el tiempo de contarnos no solo qué significa esa palabra impronunciable, sino cómo se construye colectivamente ese bienestar cotidiano que tanto admiramos. Su calidez, paciencia y claridad conmovieron a todos los presentes.

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Una exploración visual, filosófica y poética por el bosque húmedo de Honduras.

Estas fotos las tomé entre 2023 y 2025. Es un artículo breve de leer, pero largo en producción.

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